Por Pedro Aguilera
Tesorero, Sindicato Nº 3 de Periodistas y Afines

Trabajadores¿Cuántas horas duermes? ¿Cuántas dedicas a tu familia, descanso y entretenimiento?¿Cuántas horas trabajas?

¿Sabías que estas sencillas preguntas surgieron con vehemencia hacia mediados del siglo XIX en Estados Unidos? Entre muchos miles de personas creció la idea de abandonar el prejuicio de que el hombre era un animal de carga y cobraron fuerza las sencillas preguntas iniciales. Para tener una vida digna de ser humano sería necesario trabajar sólo ocho horas diarias. Un derecho básico.

Sin embargo, esa conclusión costó la vida a decenas de trabajadores en las localidades estadounidenses de Milwaukee, Filadelfia, Louisville, St Louis, Baltimore y Chicago, en Estados Unidos en miles de huelgas que se desarrollaron a contar del 1 de mayo de 1886. Justamente en Chicago ocurrieron los hechos más graves, incitados por los trabajadores -según informes oficiales-, aunque fueron provocados por la policía y culminaron en masacres, torturas y asesinatos de un grupo de operarios que encabezaron las movilizaciones. En ese momento triunfó el empresariado y el floreciente liberalismo económico. No obstante, desde ese entonces, muchas empresas comenzaron a reconocer la conquista laboral de las 8 horas diarias. Y para conmemorar y homenajear cada año a los mártires de Chicago, se estableció el 1 de mayo como un festivo de alcance mundial durante el Congreso Obrero de la Segunda Internacional Socialista, celebrada en París en 1889.

Paradójicamente, en Estados Unidos, país donde se desataron los acontecimientos de que hablamos, el 1 de mayo no existe. Como en ese país, cuna del capitalismo, se temía el florecimiento del movimiento obrero, se adelantaron a los hechos y establecieron en 1882 la celebración del Labor Day para el 1 de septiembre.

Y como siempre, la realidad supera los hechos. En todo el mundo se recuerda sólo en 1 de Mayo. Unos más otros menos.

Europa, después de un siglo ha empezado a despertar, lo mismo que los asiáticos y los africanos. Los chilenos comienzan a reaccionar, porque después de años de luchar por un salario decente, como lo planteó el actual director general de la OIT, nuestro compatriota Juan Somavía, la gente se da cuenta de que el sector privado no abre sus manos y reparte mejor la riqueza generada con el esfuerzo de sus trabajadores.

Hoy en el mundo se está dando una lucha entre neoliberales y el neokeynesianos. Los primeros hinchan por continuar elevando la riqueza empresaria, pero manteniendo la precariedad y salarios indecentes, y los segundos, antes de regresar a su condición neoliberal, transitan por la idea de que el Estado los rescate en momentos de crisis, al tiempo que los fiscos apoyan también con subsidios a los sectores desprotegidos, de modo que cuando hayan logrado reflotar, retomarán la senda de la producción y el crecimiento, pero excluyendo una vez más a sus colaboradores, que son los mismos trabajadores que lucharon y murieron en 1886 y que en el siglo XXI están reaccionando y dándose cuenta de que están laborando hasta 12 horas diarias presionados por exigencias de productividad de empresas que no compensan salarialmente el desangramiento de sus vidas.

Y, ¿cuántas horas trabajas tú? ¿9, 10, 12? Esta última cifra es ilegal en Chile. En nuestro país, y también en las naciones con aspiraciones neocapitalistas los trabajadores, al igual que los ejecutivos de grandes empresas -que también son empleados como el común trabajador- se han acostumbrando, pausadamente, a laborar sobre la conquista de las 8 horas con el propósito de solventar los gastos de una sociedad que presenta precios y costos cada día mayores, retomando así la vieja práctica economicista de que el trabajador entregue su vida cotidianamente, con extensos horarios, para solventar las necesidades de su grupo familiar. Hoy en día esto es más evidente, porque se ha creado la falsa idea de un salario ético, donde el Fisco, y no el patrón, subsidie la diferencia entre tal remuneración y un miserable salario mínimo. Más aún, algunos empresarios más osados se atreven a pedir que se elimine ese tope e incluso exigen que ya no exista la indemnización por años de servicio. Lo ideal para la clase empresarial es que haya un seguro de desempleo que al final sólo la costea el trabajador, mientras el empresariado se llevó los pulmones, la paciencia, la dignidad y los años del trabajador. El gobierno recién ha tenido la generosa idea de reducir el impuesto a las personas y subírselo a las empresas. Por ahora, sólo basta con señalar que el chileno promedio que gana bajo $ 500 mil, no percibirá beneficio alguno, pero quien gane sobre $ 5 millones, cada mes recibirá unos $ 50 mil mensuales por menor pago de impuesto único. ¡Así acortamos la brecha socioeconómica en Chile! La mejor fórmula ¿verdad?. Así, en un rato más estaremos más cerca de país africano, con el perdón de los hermanos africanos.