Libertad de expresiónPor Luis Isla V. Secretario
S/3 de Periodistas y Afines

Para muchos está cada día más claro que la manoseada Libertad de Expresión no es tal. Así lo certifican los hechos, los porfiados hechos. Se trata simplemente de un propósito, un objetivo mayoritariamente enarbolado por los profesionales de los medios de comunicación y sectores postergados de la sociedad, que no tienen voz en una sociedad dominada por ese gran señor que es “Don Dinero”, por el consabido liberalismo de mercado.

Pero hay otros que también la despliegan cuando afecta sus mezquinos intereses. Y no son otros que los propietarios de los medios y sus voceros. Precisamente los practicantes de la ley del embudo, para quienes sólo sirve la parte ancha del todo.

El ejemplo más reciente, por citar uno entre numerosos ejemplos, es lo sucedido con el periodista deportivo de Chilevisión, Víctor Gómez, quien emitió una opinión al momento de tomar el micrófono, al aire, que había ocupado un anciano teniente en retiro del Ejército, Juan González, organizador del homenaje a Pinochet en el Teatro Caupolicán.

Gómez comentó que el ambiente había quedado impregnado de olor a azufre tras la entrevista al admirador del fallecido ex dictador. Y luego fue a su rutina: informar y comentar los últimos sucesos deportivos de Chile y el mundo. El conductor de “Ultima Mirada”, Matías del Río, abrió tamaños ojos, sorprendido y acaso molesto.

Como era de esperar, la dirección del canal, de propiedad de una transnacional yanqui, sancionó a Víctor Gómez y lo sacó de pantalla, con el pretexto de haber “violado” la línea editorial del medio. ¿Cuál línea? Aquella que impide opinar a los profesionales de la prensa.

Sin embargo, durante los último casi 40 años, esta conducta empresarial y cuando no de los gobierno de turno, ha sido recurrente, especialmente durante los 17 años de la dictadura de Pinochet. Aunque también vivió episodios condenables en tiempos de la Concertación, sea por intermedio de los gobiernos de turno o por la fuerza de los empresarios de los medios de comunicación escritos, de la radio y la televisión. Es decir, de quienes tienen y manejan el poder a su amaño. Y esto vale para todo el especto, de izquierda a derecha, en la propiedad de los medios de comunicación de masas.

Dígamoslo fuerte, que se entienda: los periodistas, los trabajadores de las comunicaciones, escribimos, hablamos y editamos lo que los propietarios de los medios quieren u ordenan, si bien somos los que damos la cara y estamos expuestos a la virulencia de personas o instituciones que se sienten afectados con las informaciones, artículos o reportajes.

¡Ay del que se atreva a salirse de la raya, de la mentada línea editorial! La espada de Damocles le caerá sin piedad.

¿Y la Libertad de Expresión? No es más que un cuento de ficción. Al cabo, el que tiene el dinero, manda. Pero los trabajadores y en particular los que estamos en los medios, tenemos la responsabilidad de que ésta sea una realidad. Sin ella, la democracia no es más que un cuerpo de buenas intenciones.