Con las botas puestas murió Juan Pablo Jiménez, presidente del Sindicato Nº 1 de la empresa Ingeniería Eléctrica Azeta y timonel de la Federación de Trabajadores de la misma compañía… Esa tarde, la del 21 de febrero de 2013, no sabía que era la última que se estaba jugando… Seguramente ahora, en el cielo cristiano, debe estar desenredando los casos de los despidos injustificados y las violaciones de derechos esenciales de los trabajadores en su empresa, y que analizaba justo cuando aquella bala desintegró sus ideas terrenales. Qué duda cabe que también intentaba resolver otros episodios laborales pendientes que siempre rondan en la mente de los dirigentes que todavía son idealistas.

En Chile son extrañísimos los casos de muerte al interior de una industria o empresa. Si bien no se dispone de estadísticas confiables, porque no las hay hasta ahora o son reservadas… mucho más extraña resulta la muerte violenta de un trabajador, dentro de su empresa sin que haya testigos y que fuese provocada por una mano desconocida.

A diferencia de otros países, en Chile en los últimos 30 años no se supo ni informó de la muerte de un sindicalista… a lo más algún periódico o sitio web recogió datos de amenazas o golpizas a dirigentes en algún punto del país, pero nunca, desde el milenio pasado, conocimos de un caso similar al de Juan Pablo. Aquí no estamos en Perú, en México, Colombia, Argentina o Centroamérica, donde las amenazas y asesinatos de dirigentes laborales son habituales.

Irónicamente, algún sector piensa que Chile es un país adelantado, que está en la vanguardia… que estamos junto a las naciones avanzadas que integran la OCDE. Otros más osados piensan que no debemos compararnos con América Latina. Hay expertos más extremos de la economía mercantilista que incluso se aventuran a comentar que vamos más adelante que algunos países desarrollados, y se suman a la desfachatez de la flexibilidad laboral total, donde, por ejemplo, se busca que no exista nunca más la indemnización por años de servicio. En la práctica, esto quiere decir que la empresa definitivamente haga y disponga del trabajador como una mercancía o como una cifra más de su inventario.

Contra esta postura, no hay duda, fue la lucha de Juan Pablo Jiménez y es la lucha diaria de los dirigentes sindicales… contra estos males estaba peleando. Contra este salvaje sistema batallan los representantes de los trabajadores. El propósito definitivo es que el trabajador, sea tratado dignamente, como colaborador de la empresa, porque es quien contribuye a dar plusvalía, valor, crecimiento y engrandecimiento a la empresa. Y como el trabajador aporta su esfuerzo e inteligencia, los dueños aportan capital, por lo tanto, se trata de llegar a un punto de equilibrio: donde empleado y patrón estén de acuerdo, donde el trabajador no reciba un sueldo miserable, de sobrevivencia, y no esté convertido en un simple esclavo con la libertad de ir por las noches a su hogar.

Sin embargo, la realidad es aún más dura, y a veces las ideas que persiguen sus dirigentes sindicales no son del gusto de la empresa y de determinados colores políticos y surgen amenazas y amedrentamiento. Azeta, la compañía donde estaba Juan Pablo, según antecedentes de la prensa, tiene más de 300 denuncias de abusos y violación de los derechos esenciales de los trabajadores, y este sindicalista había sido amenazado varias veces, según relatos de su mujer.

Jiménez en los últimos meses de 2012 lideró un reñido proceso de negoción colectiva, tras el cual se votó la huelga por no llegar a acuerdo con la empresa, sostuvo la Federación de Trabajadores de Azeta. “Finalmente, la asamblea sindical decidió acogerse a lo dispuesto por el artículo 369 del Código del Trabajo, lo que molestó a los dueños de la empresa”, porque deberán tener otra negociación colectiva dentro de un año. Teniendo en consideración este aspecto, es que surgen las dudas para los trabajadores de aquella empresa, de los familiares de Juan Pablo y del mundo del trabajo. Más aún si la misma Federación señala que el viernes 22 “se le practicó una autopsia en las dependencias del Servicio Médico Legal, determinándose que la muerte se produjo por un disparo de bala en la cabeza, el que le fue propinado al interior de la empresa, en el mismo lugar donde fue hallado”.

El amedrentamiento al sindicalismo, si bien no supera las amenazas en Chile, sería profundamente complejo que en este caso se llegara a verificar que hubo manos oscuras involucradas, ya sean empresariales o sindicales. Sería incluso peligroso que el ambiente se inundara de grupos mafiosos, de grupos políticos de presión amenazando, golpeando o disparando a dirigentes cuyo único horizonte es velar por un mejor destino de los trabajadores, sea cual sea la actividad económica en que se desempeñan.

Para que se mantenga la paz y la concordia, sería fácil determinar que en el episodio de Juan Pablo se trató de “una bala loca” o “bala perdida”, como dijo una autoridad de la PDI (policía civil) y no un asesinato por encargo ni que lo haya cometido un sicario, ya que este tipo de casos abundan en algunas naciones de nuestra América Latina. Pero las diligencias para aclarar este crimen recién comienzan. A Juan Pablo recién se le extrajo la bala asesina de su cabeza y resta por verificar si provino del exterior o del interior de la empresa, faltan interrogatorios y demasiadas inspecciones en terreno. Faltan muchos detalles que encontrar y descartar

Es probable que con la designación de un ministro en visita sea posible acelerar las indagatorias para que así los representantes de los trabajadores podamos caminar tranquilos por calles del país, desechando cualquier atisbo de violencia extrasindical. Sin embargo, tal como ha evolucionado el ambiente en torno a la muerte de Juan Pablo probablemente pasen años sin esclarecerse, así como ocurrió con el crimen del sindicalista de los empleados públicos, Tucapel Jiménez, que fuera asesinado en uno de los períodos más oscuros del régimen militar.

La historia ha demostrado desde los mártires de Chicago: pese a la desaparición de grandes dirigentes, no se detienen los procesos. Juan Pablo fue uno de ellos, y así lo han reconocido sus colegas de Azeta y los gremios sindicales del país encabezados por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Vendrán otros que sabrán cumplir a cabalidad las tareas encomendadas por sus bases.

Entretanto, nuestra organización suma al dolor de su familia y amigos y desde ya nos haremos partícipes de las movilizaciones, velatones y marchas de protesta en Santiago y regiones exigiendo castigo y justicia para los responsables de la muerte de Jiménez.

Pedro Aguilera F.

Tesorero

Sindicato Nº 3 de Periodistas y Afines.